Muncipio de Maceo

Muncipio de Maceo
Panorámica de Maceo desde el Alto de la Bonita. 1950. Foto cortesía Alberto Rendón

lunes, 29 de octubre de 2012

Vicente Sosa y Apolinar Cuartas dos culebreros maceítas

Desde los primeros años de fundación de Maceo y gran parte del siglo XX el  territorio local estaba ocupado por grandes extensiones de bosque tropical. Los fundadores y colonos de estas tropicales tierras debieron lidiar con los obstáculos que la naturaleza le imponía a diario. Uno de estos obstáculos eran las serpientes o culebras, muy abundantes en Maceo especialmente durante sus primeros 50 años. Si bien son pocos los casos estadísticos registrados sobre la cantidad de "cristianos" mordidos por estos ofidios, si tenemos certeza, gracias a el análisis de los archivos parroquiales de la Parroquia San Pedro Claver, que entre 1899 y 1953 murieron 26 personas por la mordedura de una serpiente.

Tampoco se tienen datos sobre médicos o desde cuando se empezó a administrar suero antiofidico a los maceítas, pero si de la existencia de unos personajes denominados "culebreros" que se encargaban de sanar a las personas mordidas por las serpientes, a través de métodos que aprendieron a su vez de otros "culebreros" que les transmitieron sus "secretos" y que en muchos de los casos fue la única posibilidad de salvar su vida, que tenía una persona en medio de la lejanía de los campos.

Don Vicente Sosa (Q.E.P.D) era uno de esos personajes y de él transcribimos su testimonio como curandero: 

"Yo nací en San Pedro de los Milagros, en el año de 1902 y llegué aquí a Maceo de quince años. Yo llegué a Maceo porque me dijeron que aquí había mucho trabajo; apenas estaban tumbando monte, y había unas cuantas casitas de paja, pero todo eso era un monte espeso. Cuando llegué me di cuenta que trabajo si había, pero para los aserradores, porque lo único que había para hacer era sacar madera. Entonces a mí me tocó ponerme a arriar mulas y sacar madera para San José, porque estaban haciendo la carrilera para el Ferrocarril de Antioquia. Trabajaban por ahí 200 mulas para San José y 200 para adentro de la montaña. Pero yo vivía muy asustado porque todos los días no hacíamos sino matar verrugosos, y cuanta clase de culebra había; y eso a todo el que picaba una culebra se moría. ¡Eso era mucho morir gente de picadura de culebra¡ 

Por eso fue que me propuse a aprender a curar. Un día vino un señor de Zaragoza que sabía curar, y yo me le puse al pie para que me enseñara, yo tenía 22 años, pero me daba mucha "Guayabo" (dolor, pena) ver morir a los aserradores y a los arrieros. Y por eso aprendí. Me tocó pagarle muy caro a ese señor para que me enseñara el secreto, pero me enseñó. Y desde entonces he curado mucha gente. A mí me buscan en San Benigno, en La Paloma, en Playa Chica, y eso llegaba gente de todas esa montañas ¡y nadie se moría desde que yo lo rezara¡ y le doy gracias a mi Dios que me concediera ese milagro de poder curar a la gente. Hubo semanas de curar hasta siete picados de culebra"

Otro testimonio de un culebrero fue el de el señor Apolinar Cuartas (Q.E.P.D) quien contó que una de sus hijas fue mordida por una "Mapaná" (Bothrops Atrox) y fue curada por un viejo culebrero que le transmitió el oficio. Así nos contó don Apolinar como aprendió de su maestro: "(...) me convidó para que fuéramos a un monte, para que él llamara a las culebras, para que las conociera, para él indicarme como se llamaba la una, y como se llamaba la otra, pero que eso si... que no las fuera a matar ese día".

Y así fue según Apolinar. El viejo culebrero se puso a silbar y fueron llegando las serpientes una a una, para que Apolinar las fuera distinguiendo a todas. Le mostró la "Mapaná X", la "Mapaná de Agua", la "Mapaná Rabiseca", los "Patocos", "Patoquillas", "Pudridoras", "Sanguinarias", "Corales" y muchas más. Luego de salir de aquel monte, su maestro le dijo a Apolinar que para salvar a alguien de la mordedura ésta no podía haber sido en una vena gruesa del cuerpo, porque el paciente se moría, y si este no era el caso, entonces se cortaba, se ligaba el miembro afectado sin apretar muy fuerte para evitar la gangrena, se hacía un corte en forma de cruz y se chupaba con la boca el veneno o por medio de una chupadera hecha de "caturrón" (bola de cera) de cera de abejas que se calentaba para ponerlo en la herida.

La segunda etapa de la curación consistía en utilizar las "cabalongas", que era unas semillas que solo se conseguían por el Putumayo y el Amazonas; semillas que le fueron obsequiadas a Apolinar por un indígena que estuvo en Maceo. Las negras y amargas semillas de "cabalonga" se ponían en la boca de paciente y luego se retiraban, después se le daba un bebedizo con el raspado de las mismas semillas. Tampoco podían faltar al tratamiento, las nueve bebidas de "Guaco" (era un bejuco que crece en la lagunas) durante tres días; y los baños de permanganato de potasio y "Matandrea", planta que crece en el monte y los rastrojos que florece en forma de racimo rojo, de la cual se utilizan la raíz, las hojas y los copos.

Uno de los envenenados que curó Don Apolinar fue un muchacho de 14 años, hijo de de Doña Rut Marín que vivía en las selváticas tierras de la vereda La Argentina, hace más o menos 65 años. Apolinar luego de desensillar su bestia al llegar a su casa escuchó unos quejidos y una lloradera en la casa de la señora Rut; Apolinar se arrimó donde sus vecinos y preguntó:

"-Por qué lloran muchachas?

Y ellas contestaron: -!Se murió Gilberto¡

-Y que le pudo haber pasado para morirse tan ligero- Dijo Apolinar.

-Ah que lo mato una culebra- Replicaron las mujeres."

Hay mismo comprendió el curandero que no se trataba de un difunto, sino que por el efecto del veneno le había dado "mal cerebral"  y que aún quedaban esperanzas. El picado de culebra fue llevado a hombros por su padre al rancho de Apolinar seguido de la mamá y sus hermanas. Apolinar les pidió amablemente a las mujeres que se retiraran del lugar, ya que alguna de ellas podía estar menstruando y afectar la curación. Luego de vendar la extremidad, de aplicar el torniquete, chupar el veneno, y de poner las "cabalongas" en la boca, se fue con el papá del niño en medio de la oscuridad a buscar el "guaco" para hacer los baños. Cuando volvieron, Apolinar quitó las "cabalongas" que se le habían pegado en la boca al enfermo por el efecto de la fiebre y le dio de tomar el raspado de estas. A fin de cuentas, dio las instrucciones a la familia sobre los baños de "matandrea" y permanganato de potasio durante los siguientes tres días al enfermo, mejor  dicho, al "curao" (curado, sanado) que a la fecha de hoy sigue vivo y coleando. 

Aquí termina esta presentación de dos culebreros maceítas y a continuación les dejo algunas de las serpientes más comunes venenosas que hacen aún parte de la diversidad de fauna en el territorio maceíta. Espero que comenten y agreguen su propias historias sería muy enriquecedor para todos.


Mapaná


Coral



Verrugoso


Rabo de ají









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